21 feb. 2010

En Madrid llueve, por fin llueve



En Madrid llueve, por fin llueve. Después de un año y pico aquí por fin veo unos días de lluvia. ¿Lluvia? Dios, no exageramos, nada que ver con los gordos chaparrones que hay en Roma, con los temporales de agosto cuando el mundo parece venirse abajo. Aquellos truenos que parecen fotografiar la fachada de un palacio de Miguel Angel, con el agua tan pingüe y tan gorda que parece un obispo, que casi no puedes sacar un dedo por culpa de la chicha de cada gota. Con aquellos charcos donde parece que todavía puedes ver a Pasolini jugar a fútbol con los chavales del Quadraro. Pero en Madrid llueve. Sí, hoy llueve. Llueve de verdad. Llueve de mojar los vidrios y ensuciarlos, de oír la lluvia tras la ventana, de ver el agua formar riachuelos por las calles de Malasaña, y los coches pasar con sus chaf chaf. Llueve como para decir: brrrr hoy llueve, me quedo en casa. Llueve por cierto, llueve desde hace tres días. Llueve tanto que hasta los hermanos Alcázar han mandado la Gran Via a la mierda y se han vuelto a casa. Llueve.

Y no es que el hecho está tan mal, porque Madrid es un ciudad donde no llueve demasiado, y tiene el sentido del agua, y parece casi oírlo el Canal de Isabela II aprovechar por el verano. Pero, bueno, nos ha cogido a todos un poco por sorpresa, eso sí. Porque esta es una ciudad donde se vive por la calle. Donde por la mañana el café vamos a tomarlo a bajo, al bar. Donde el libro vamos a leerlo a bajo, al pub. Así es que esta noche hay casi un aire incomodo. Y la gente que encuentro por la calle, esta noche, por primera vez, me parece alguien que está yendo a alguna parte, mientras que en Madrid (y esta es su magia), cuando la gente está por la calle, no está yendo ¡ya está! Y quizá, por eso Madrid, aunque esté llena de gente, nunca parece frenética y los demás nunca parecen demasiado lejanos.

Y no es lo mismo con el frío. Madrid está lista para el frío. Cuando hace frió todos saben como comportarse. Las viejecitas se ponen un abrigo un poco más cálido (pero siempre zapatillas con tacones), y para nada desanimadas las ves, sin embargo, charlar y tomar sus cervecitas en el Café Comercial. Y si apenas sale un poco el sol, por ciertos podrás encontrar un bar valiente que abre sus terrazas a la plaza y ver un chico allí sentado que ha empezado a escribir en su ordenador. En la calle de Pelayo en todo caso distribuyen flyers para una fiesta. Y los estudiantes los puedes reconocer porque son los que llevan cinco sudaderas, una sobre la otra, y guantes de lana que no han comprado en el Rastro, sino en el mercado de Plaza de Castilla porque tiene más ropa y a precios más baratos. Y los pubs por la noche los esperan caldeados y llenos de música. Y en el momento en que el gorila abre la puerta sale fuera una ola de ruidos, y se entreve gente que se toca. Y un instante después ya estás de nuevo en la calle. O sea, en pleno movimiento. No, la lluvia es algo raro en Madrid. Es húmeda, es femínea, y Madrid en castellano se conjuga en masculino ¡Venga chavalito, vamos a tomar algo! Y ya está.

Pero esta noche llueve y puedo constatar que en todo caso los edificios en Madrid tienen canal que gotean agua sobre las aceras, y cornisas bajo las que ampararse, y alcantarillas donde mirar como el barquito de papel desaparece. Un chino en la esquina de un cruce se ha metido en todo caso en su negocio de vender cerveza y en la mochila, que lleva sobre los hombros, ya lo sé, tiene bocadillos y papelillos. Parece no darse cuenta de que esta noche plaza Ildefonzo está vacía, y no hay nadie tirado al suelo haciendo botellón. Y el habitual vals entre chicos y policías, con la policía que llega, los cazas y luego simula ir y vuelve, hoy no habrá. Dos chicas, bajo un gran paraguas, corren hacia la calle Fuencarral. Alguien ha puesto sobre la estatua de la jovencita pintora una sudadera verde hace unos días (porque hizo mucho frío), y ahora está empapada. En la tienda de Cocina Italiana para Llevar hay solo un oso con la barba mojada que muerde un stromboli y que me echa un vistazo. Lleva un chaquetón de cuero negro desatado, un gorro de lana y grandes botas negras. En la otra mano, no aquella donde tiene el stromboli, aprieta un paraguas, y eso, queda mal con su look. No tiene un look adecuado para un día de lluvia... nadie aquí en Madrid lo tiene. Estoy seguro que se está preguntando que coño hago por ahí y sin paraguas. Parece que en este momento solo la estatua de la jovencita pintora y yo estamos sin uno. Y me apetecería darme la vuelta y decirle: ¡Oye osito guapetón! yo nunca he tenido un paraguas en mi vida y fíjate si ahora me lo compro, aquí, dónde sirve casi nada. Pero, bueno, en cambio bajo hacia la Calle Pez, mojado, con las manos en los bolsillos del chaquetón y el oso no sabe que ya no soy capaz de sacarme la mano del bolsillo derecho sin ayudarme con la mano izquierda. ¡Vaya!
En los auriculares Ana Belen canta: “Líame a la pata de la cama, no te quedes con las ganas de saber cuanto amor nos cabe de una sola vez” y en Madrid, esta noche, llueve.

Antonino Pingue © 2010 Todos los derechos reservados.

4 comentarios:

  1. Como madrileño, me siento reconocido en este relato, y me alegro que tus amigos italianos puedan leerlo.

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  2. ME ENCANTA TU RELATO, DIJE QUE CONTINUARIA POR AQUI JAJAJA UN ABRAZO

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  3. Quasi meglio in spagnolo che in italiano! A quando un'uscita per i tipi di Alfaguara? Complimentoni!!

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  4. Has dejado el sabor... joder... has dejado el sabor de aquellas noches... ¿como lo consigues?

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