23/02/2012

¿Podía el “gato pasado” hacer un eco-cardiograma sin pintar a Zombi? Pues no, ¡claro que no! (o sea: extrañas clases de idioma)


Hoy tenia eco-cardiograma y todo el mundo lo sabe: cuando tengo que ir al médico me pongo nervioso. Acudo a mi hora, y un tío bastante jovencito empieza a pegarme extrañas ventosas al pecho. Luego enciende la pantalla de la máquina y allí está, se ve claramente, la línea que mide mi corazón. Solo que está plana. Ni se mueve. Vamos inmóvil.
Veo claramente que el chico se asusta pero consigue mantener la calma. Yo sigo sentado en la camilla mientras él le da al teclado para averiguar si la instrumentación funciona. Todo funciona muy bien pero la linea sigue inmóvil. Y entonces el muchacho, que usa gafas con cristales más que gordos, se gira hacia mí y con su mirada miope y con su tono de voz de lo más profesional, me pregunta: ¿Usted se encuentra bien?
Y eso es correcto, más que correcto. Porque antes de todo hay que averiguar que el paciente se encuentre bien (o por lo menos que considera encontrarse bien).
Sí sí...” contesto “me encuentro muy bien”.
Cabecea y vuelve a mirar la pantalla.
Claramente está revisando toda su sabiduría médica pero no encuentra el capitulo “paciente vivo y sin embargo con corazón totalmente parado”.
Su cuello se ha hundido en los hombros.
Decido que ha llegado el momento de intervenir. Y le digo:
Y si usted quiere comprobarlo tal vez sea mejor enchufar los cables a estas ventosas”.
Me saca una sonrisa de auténtica gratitud. Vamos: ¡la vida ha vuelto! Se declara de acuerdo conmigo (lo decía yo que no estaba muerto), y se pone a enchufar todo lo enchufable que se puede enchufar (por si a caso).

He de tumbarme pero no bocarriba si no de lado. Así, dándole la espalada. Lo hago. Fenomenal. Ya no lo veo pero me doy cuenta que empieza a pasarme sobre el pecho algo que parece un sonar en forma de consolador. Pasan los minutos. La habitación estaba en penumbra. Hay silencio, solo el zumbido de la máquina. El chico sigue callado y encima son las 8.15 de la mañana . Total: me quedo dormido (tal vez ronco).

Me despierto cuando el sonar en forma rítmica me frota un pezón. Ha pasado mucho tiempo (luego descubriré media hora), y la situación sigue inmutada: penumbra y silencio. Solo el sonar que se desliza sobre mi pecho. Y él, y yo. Descubro también que estoy mojado por un gel que huele mal. Me preocupo:
No sabia que era tan largo” comento con mucho cuidado.
Nadie me contesta. Hay algo agobiante. Hay algo que va mal. Pasan por lo menos 30 segundos (a lo largo de los cuales el tío evidentemente ha de recordar que el libro de texto aconsejaba detenidamente contestar a los pacientes que hagan una pregunta), y por fin, a mi espalda, oigo llegar las siguientes, sibilinas, palabras: “Hay que averiguar muchas cosas”.
¡Vaya! ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha encontrado? ¿Qué ha descubierto? Ya lo decía yo que no era buena idea ir al médico.
Estoy hundido en todas estas preguntas cuando, como un día soleado que se derrumba de repente sombre la ciudad echando a pedazos el invierno, irrumpe en la habitación otro hombre. Yo no le veo porque sigo de espaldas, pero se anuncia con un muy varonil “¿Que pasa aquí?”.
Pienso: estoy tan grave que han llamado un médico de verdad.
Rápidamente el varón se acerca a la pantalla.
Éste no está enfocado” declara “éste no tiene sentido, y éste es totalmente inútil”.
Está hablando del Eco ¿verdad? No de mi corazón ¿correcto?
Nadie me hace ni puto caso. Sigo con mis dramáticas meditaciones.
Aquí, por ejemplo” sigue el amo “¿te has dado cuenta que el corazón está verticalizado?”
Verticalizado, ¡tengo el corazón verticalizado! La noticia se me expande por todo el cuerpo y llega hasta la más lejana aldea de mi alma. En fin se va a morir.
Amigos, compañeros, polvos y enemigos... adiós, fue un placer.
Y ya veo rostros conocidos que llorando comentan delante del ataúd : “Es que era tan buen muchacho” dirán. “Bueno... un poco histérico. Bueno eso es cierto. Pero irse así, de repente, por un corazón que se pone en vertical. Qué pena. Sí, qué pena. Y que raro. Nunca había oído de esta enfermedad ”
Póngase bocarriba”. Esta vez habla conmigo.
Me doy la vuelta. Pienso: vamos a ver al hombre que anunciará mi muerte.
Ronda los 40 años y  es bastante feo. ¿No hay una poesía que dice que es más triste morirse en primavera? Tal vez es lo mismo. Tal vez seria más triste si fuera guapo.
Él no me hace ni puto caso. Tampoco me mira. Sigue dando clase ignorando toda la poesía que albergo en mí.
En los pacientes jóvenes” explica al becario“es normal que el corazón esté todavía verticalizado”.
¡La madre que lo parió! No me lo puedo creer, ¡sigo vivo! Enseguida me pongo cachondo. ¡Este hombre está como un queso! Mira qué cara. Mira qué nariz, qué boca, qué labios. Poderoso, esa es la palabra: poderoso.
El guapo agarra el sonar/consolador y me lo pega en el estómago. Bueno más que pegarlo me apuñala pero me da igual, es tan enérgico, tan valiente, tan seguro de sí mismo que ya le quiero.
Mira aquí.” sigue. El becario se ha hecho todavía más pequeño. Sus gafas lo hacen todavía más feo. Parece un perro.
Mira, ¿Lo ves...?”
Sí ¿me ves? Mira que verticalización que tengo ¡perro!
...aquí se podría encontrar una dilatación de la válvula mitral”.
Para para para ¿qué ha dicho? ¿Dilatación? Dilatación no pinta bien. Espera espera espera... no te equivocas Antonino, tranquilo, el punto no está en la palabra dilatación si no en el se podría encontrar. En castellano, estoy seguro (¡estoy casi seguro!), se podría encontrar significa que no está, que todavía no está. ¿Correcto? ¿Verdad? ¡Socorro!
Y aquí, hubieras podido...”
¿Hubieras podido? ¿Pero esto qué es? Pero se me hace todavía más complicado así. ¿Dónde me he metido? ¿Tal vez me he apuntado a un curso radical de idioma? ¿Una forma cruel y original de marcarte a fuego con la gramática?
Entretanto el varón no para. No hay enfermedad, deformación, o atrofia que no toca conjugando los verbos en las formas más descaradas que se pueda imaginar. Despliega toda su sabiduría lingüística, sube a nivel avanzado 3, desarrolla media Academia Real y llega a humillar hasta al mismo Cervantes. Cuando termina el becario/perro y yo estamos hechos una mierda.
Como ha llegado así se marcha. Sin decir ni mú.

Vuelve el silencio.
En la penumbra detecto al becario/perro pegado a un rincón de la habitación. No estoy seguro que sigo vivo pero es cierto que hay que aprender mucho.
La pantalla encendida es testigo de nuestro desconcierto. Me incorporo. El becario/perro, retoma su papel y me dice: “Se puede incorporar”.
Por buena educación le contesto: “Vale”.
Mientras me desenchufa los cables (¿te acuerdas? Así empezó lo nuestro) yo me limpio el gel con una toallita que me ha dado. Me visto. Él apaga la máquina. Nos sentimos incómodos y no sabemos el porqué. Ha llegado la hora de despedirse.
Bueno...” digo, y le devuelvo la toallita.
Te acompaño” me contesta un poco incierto.
Vale”.
Salimos.
Cruzamos un pasillo. Gente a la espera. Algunos tranquilos, otros nerviosos. Algunos vienen acompañados, otros no. Las viejecitas a solas son viudas. Llegamos hasta el ascensor que no está. Esperamos, uno al lado del otro, guardando silencio como buenos amigos. Se ha puesto las manos en los bolsillos de su bata blanca: así parece de verdad un niño. Y da pena dejarlo allí.
Cuando se abre la puerta entro y me doy la vuelta. Me está mirando (tiene los ojos verdes) y mientras la puerta se cierra me dice, como si quisiera contarme una historia: “Era mi primera vez”.
También la mía” le contesto.
Y así... desaparecemos.

 

1 commenti:

  1. Antonino, eres maligno y yo debo tener la mente calenturienta. Por un momento he creido que ese aparato que danzaba por tu pecho en busca de algo, vete a saber qué, era una poderosa máquina del amor. Veo que no. En cualquier caso, me alegro que estés bien. Beso.

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